Cuento nº 4 – La maja desnuda

La verdad es que estaba preciosa, esos ojos azules, grandes profundos, ese pelo negro y largo sobre sus hombros. Estaba en el sofá como la trajo su madre al mundo. Era lo más bello que había visto en mucho tiempo. No me extraña que volviera locos a todos los hombres. Hasta a mí  me volvía loca, tanto como para lanzarme a probar la boca de una mujer por primera vez. 

Esa imagen, solo podía recordar algo que habíamos visto muchas veces y que me volvió en un segundo a la realidad. A lo que nos había llevado a las dos allí, siguiendo los pasos de su padre. A mí, una reputada profesora de economía de la universidad de Basilea y a ella una famosa escultora, que lo habíamos dejado todo, para seguir la locura, que seguramente solo existió en la cabeza de Don Agustín Puig, el padre de Elanor. 

Elanor y yo éramos amigas desde muy pequeñas y siempre nos gustaba escuchar las tonterías en forma de cuento que nos explicaba de las locuras de un pintor de un pueblecito de Zaragoza, que perdió la cabeza por una duquesa, tataratatara abuela de la mujer del torero ese tan guapo hermano de Paquirrin. 

Después de unos años de separación, ya que fui a estudiar a Estados Unidos y Suiza y ella a vivir, la vida loca entre París y Milán, me sorprendió cuando hace casi ya un año, me llamó para decirme que Don Agustín había muerto. Me quede muy sorprendida y apenada, ya que ese era un recuerdo muy agradable de mi infancia. Pero lo que me dejó fuera de juego, fue que me dijera que nos había dejado a las dos una caja, que solo podía abrirse en pressencia de ambas y que estaba en custodia del ayuntamiento de Fuendetodos. 

Tardé varios segundos en caer, que ese era el pueblecito en el que había nacido el pintor de que nos hablaba de pequeñas. Y que estábamos citadas 3 días más tarde para la apertura del testamento. 

Dicho y hecho, después de cruzar media Europa estaba allí, en Fuendetodos. 

Lo que nos dejó en herencia, bueno a mí solo eso, a Elanor, le dejo una fortuna, que al parecer no se gastaría en la vida, que no sabemos de donde había salido, ni teníamos constancia de todas esas posesiones. 

Lo que nos había dejado era una caja de cedro preciosa que según indicaciones solo podíamos abrir las dos juntas y sin presencia alguna de nadie más…. (qué raro don Agustín, otra de sus intrigas…) 

Las dos en la cocina de la casa rural donde se alojaba Elanor, abrimos la caja. Que resultó tener dos cartas más. Una dirigida a nosotras y otra a «su reverendísima madre superiora del convento de Santa Maria de Valldozella» 

Empezamos a leer la carta que iba dirigida a nosotras. En ella nos decía que su familia había sido poseedora desde hacía varias generaciones de un secreto que debía hacerse público ahora y que él creía que debíamos ser nosotras las que lo hiciéramos. Y otra cosa más, de la que nos hacía responsables de su publicacion o disfrute de ambas, como había hecho su familia durante generaciones, como pago de ese custodio. 

Nos daba instrucciones para que entregáramos la carta a la destinataria y que ella nos daría ese objeto. 

Don Agustín, como le gustaba enredar… 

Pues nada, inmediatamente al móvil, para ver donde estaba el dichoso monasterio. Que resultó ser un monasterio femenino de la orden del Cister situado en la zona alta de Barcelona. 

-Anna, nos va a tocar ir a tu tierra – dijo Elanor con una sonrisa, que ahora recuerdo me derritió por dentro. 

La verdad es que no le debimos gustar mucho a la receptora de la carta, ya que era reticente a creer que éramos las depositarias de algo que las monjitas tenían en custodia desde hacía más de 200 años. Pero finalmente la convencimos de que Elanor era la única hija de Don Agustín Puig, al que debían tener una gran devoción ya que cuando oyeron su nombre se deshicieron en amagos y tras lo cual se abrieron todas las puertas, hasta entonces cerradas. 

Qué raro, dos cartas, una Blanca con un 1 grande en el centro y otra negra con un dos del mismo tamaño y una lata grande como un cubo de fregar. 

Esa media hora que tardamos en taxi hasta el hotel, se nos hicieron eternas, hasta poder abrir nuestro legado. 

La carta blanca era clara y corta, debíamos mostrar al mundo el contenido de la lata y no abrir la segunda carta, hasta que lo que allí había estuviera expuesto donde consideráramos más conveniente. 

Lo que había allí dentro, después del primer momento de repulsión nos dejó absortas a las dos durante algunos días. 

Y allí estábamos, un año después, Yo de los nervios y ella allí, desnuda, tan tranquila, a menos de media hora de asistir a la inauguración del nuevo museo, con el alcalde y un montón de personas, donde se expondrá a partir de hoy, el ilustre cráneo desaparecido, del más ilustre hijo de Fuendetodos.  

 
Anónimo 

Yo de los nervios, por ver el contenido del sobre negro. Pero eso tendrá que ser cosa de otro relato. 

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