Cuento n. 7 – La merienda y el baile a orillas del Manzanares

Me gustan, y mucho, las dos obras de Goya a orillas del río Manzanares. Que ¿por qué?

Porque no hay negros vientos ni cielos rojos. Ni densa noche con pájaros con cabeza de hombre y hombres de afilado pico. Además, el perro no aúlla aterido de frío. Porque es todo luz y no existe la oscuridad. 

Se alegran los sentidos mientras el río refresca y serena y, en morteros de aire, se mezclan las jocosas fiestas, romerías y cortejos, trasladadas de las viejas costumbres de su pueblo, Fuendetodos. 

No hay apenas ocres, rojos ni bermellones. Sí resaltan el azul del cielo y el blanco de las nubes, el verde de los árboles y el colorido diverso de los trajes. La luminosidad queda colgada de las ramas. 

Ya el rumor del río se acerca a la tierra menos parda para acompañar el yantar de quienes se asientan sobre sus capas dando buena cuenta de los somarros, quesos, pescados secos y perdices; roscos, tortas y frutas. Todo recuerda la infancia de Paquito de Goya. Igualmente la bella moza que llega con un gran cesto de manzanas, quién sabe si de algún huerto fuendetodino. Y no faltan los ricos caldos, vinos recios de las últimas vendimias. 

A la merienda le sigue el baile. Qué elegancia la de los majos y majas danzando. ¿Un vals?,¿una seguidilla?,¿un baile de escuela Bolera?. Es igual. Lo que importa es que constituye una bella pincelada testimonial de la danza de los majos, observada y jaleada por un grupo de chisperos. Aquí el cielo es más amplio, al fondo las montañas y una ermita, cobrando protagonismo el Manzanares. Un río que Goya pudo soñar con trasladarlo a su pueblo aragonés, carente de agua para los campos a pesar de contar con la Fuente de Todos donde beborroteaban vecinos y forasteros. 

No hay cosa más hermosa que el agua, delicia y tesoro que Goya conoció recién nacido en la pila bautismal que aún permanece como único vestigio parroquial. Fresca, suave y blanda que hecha nieve se almacenaba en los neveros que dieron carácter al lugar. 

Como toda la obra del genio, «La merienda» y «El baile» son para admirar junto a otros temas populares que pintó inspirados, sin duda, en la idiosincrasia de su pueblo y sus gentes. Al menos, en parte.  Y éste es el Goya que más nos alegra y gusta. ¿Y a usted?  

El inquilino de la Quinta del sordo no olvidó sus orígenes que reflejó en algunas de sus pinturas. Sin oír se hacía entender en tozudo aragonés. Con su sordera andaba la gente equivocada. Digo mal porque, en los tiempos que corrían, más suerte era no oír que tener facultad para hacerlo. Así pensaba el genio de Fuendetodos. 

                  MAGALA (Matilde Gazo Lafuente)   Julio-2019

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